Agenda laboral: erradas prioridades

Como ha sido la tónica en gran parte de las propuestas reformistas que este gobierno ha presentado -fundadas en buenas intenciones o nobles principios, pero sin atender a la dinámica que dichas medidas provocan, y que muchas veces llevan a resultados contrarios a esos mismos principios inspiradores-, las prioridades de la agenda laboral tampoco conducen a más y mejores empleos, objetivo que se presume es el buscado por dicha cartera.

Las medidas anunciadas -fin del reemplazo en caso de huelga, piso mínimo a ofertas de empleadores y titularidad del sindicato más representativo para negociar colectivamente, en desmedro de otros- reducen la capacidad de las organizaciones productivas para adaptarse a las fluctuaciones de las economías modernas, desvinculan crecientemente los salarios de la productividad de los trabajadores y desincentivan su contratación, dificultando la situación de quienes buscan trabajo por primera vez o están temporalmente desempleados. Todo esto hace empeorar el dinamismo del conjunto de la economía, motor último de la creación de empleos, de la calidad de estos y del mejoramiento de salarios.

Es de recordar que en el pasado se creyó, equivocadamente, que con la inamovilidad laboral mejoraría la situación de los trabajadores. Sin embargo, solo se consiguió perjudicar la creación de puestos de trabajo. Del mismo modo, las medidas anunciadas tendrán un efecto similar, agravando la desaceleración de la economía y retroalimentando todo el proceso en un círculo vicioso. Las empresas productivas modernas son organizaciones sofisticadas que, enfrentadas a mercados competitivos, no pueden funcionar bien si no cuentan con un capital humano competente y motivado. Por eso, no les resulta rentable laborar con personal de reemplazo, pero el permitirlo en caso de huelga mueve a que ambas partes encuentren adecuado equilibrio entre el máximo nivel salarial soportable por la empresa con sus actuales trabajadores, y el utilizar a otros menos competentes, con menores salarios. La obligación de que las remuneraciones y condiciones de trabajo solo puedan mejorar partiendo del piso ya alcanzado impide los ajustes que ayudan a evitar las quiebras en tiempos de recesión. Y el forzar a que un solo sindicato negocie pone artificialmente en un mismo esquema a trabajadores que enfrentan contextos muy diferentes.

Al parecer, las prioridades de la agenda laboral siguen basadas en concepciones productivas de la primera mitad del siglo pasado -grandes masas laborales en complejos fabriles poderosos con trabajos repetitivos y alienantes- y con ellas se procura “beneficiar” forzadamente a quienes tienen trabajo, olvidando por completo a quienes no lo tienen.

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