Reforma laboral mantiene su curso

Un deterioro de la situación ocupacional no puede dejar indiferentes a los responsables de la estrategia política y económica del Gobierno

Aunque son más de un centenar las indicaciones que ha enviado el Ejecutivo a su proyecto de ley de reforma laboral -y 800 las presentadas por los parlamentarios-, los cambios que propone no recogen los principales cuestionamientos a dicha iniciativa tanto desde el mundo empresarial como de ex autoridades de distinto signo político y reconocidos expertos en la materia. Al contrario, varias de las enmiendas acentúan la intención del proyecto de fortalecer la capacidad negociadora de los sindicatos. Parte del problema radica en lo que ha señalado el economista y empresario socialista Oscar Guillermo Garretón referente a una abismante diferencia entre el diagnóstico del proyecto de reforma y la realidad.

Llama la atención la estrategia del Gobierno. La reforma laboral -que inicialmente era respaldada por la ciudadanía- ha perdido apoyo: según una reciente encuesta Universidad Adolfo Ibáñez-Cadem, concuerda con ella solo el 31% de los trabajadores, mientras que 41% se manifiesta en contra. La opinión mayoritaria (47% versus 37%) es que la iniciativa no mejorará las condiciones de empleo y que la negociación colectiva debería beneficiar a todos los trabajadores de la empresa y no solo a los sindicalizados, como pretende el proyecto (67% versus 25%). Muchos expertos opinan que una grave falla de nuestro mercado laboral es la rigidez de las jornadas y descansos, lo que perjudica a sectores importantes -agricultura, turismo- y desalienta el empleo femenino y juvenil. El 55% de los encuestados desearía mayor flexibilidad de jornadas (el 37% se opone). La reforma avanza muy marginalmente en esa dirección.

Cabe suponer que el Gobierno está viendo con preocupación el comportamiento de la economía, cuyo crecimiento es demasiado débil para crear empleos en número y calidad suficientes. Una reforma que entrega a los sindicatos la herramienta legal para paralizar indefinidamente las empresas y forzar un alza artificial de los salarios, es probable que desalentaría los ya alicaídos ánimos empresariales y perjudicaría la creación de empleos. Un eventual deterioro de la situación ocupacional no puede dejar indiferentes a los responsables de la estrategia política y económica del Gobierno.

Parecía entonces razonable que el Ejecutivo aprovechara el voluminoso paquete de indicaciones para atenuar los aspectos más críticos del proyecto y acentuar sus aspectos positivos. No ha sido así. Se mantienen los contenidos más polémicos de su iniciativa (exclusividad del sindicato en la negociación colectiva y veto a la extensión de sus beneficios a los no sindicalizados, huelga sin reemplazos, piso salarial en las negociaciones) y no se innova en la restrictiva propuesta de adaptabilidad de jornadas. En cambio, se elimina la exigencia antes contemplada de que las huelgas fuesen “pacíficas” y se restringe aún más el concepto de “servicios mínimos” que han de mantenerse operativos en caso de huelga, incrementando así su capacidad de daño sobre las empresas, los trabajadores (huelguistas o no), los consumidores y la sociedad toda. Las indicaciones simplifican ciertos procedimientos y -acertadamente- rectifican la excesiva injerencia de la Dirección del Trabajo en las negociaciones colectivas. Pero, sorprendentemente, descartan ciertas normas que el proyecto contemplaba para evitar el abuso de los fueros sindicales (específicamente, la creación simulada de los llamados “sindicatos del día después” para evitar despidos).

Producto de transacciones políticas al interior de la Nueva Mayoría, en su versión actual, el proyecto no parece contentar a nadie, pero preocupa especialmente a quienes observan que las huelgas y rigideces laborales pueden terminar dañando más a quienes habría que favorecer, esto es, a los cesantes, los jóvenes y las mujeres, las pequeñas y medianas empresas y los consumidores.

Esta entrada fue publicada en Editorial, El Mercurio y etiquetada . Guarda el enlace permanente.